LOS INKLINGS Y LA OPOSICIÓN A LA MODERNIDAD

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 Crítica y reseñas (#2)
LOS INKLINGS Y LA OPOSICIÓN A LA MODERNIDAD
La mitopoeia como fusión de la mitología pagana y la fe cristiana
D. D. PUCHE
14/6/2026
 
     
 
La taberna The Eagle and Child de Oxford.
  
 
 
El círculo literario al que perteneció J. R. R. Tolkien, conocido como “los Inklings”, se empeñó en el monumental proyecto de crear una nueva mitología para Inglaterra basada ante todo en las raíces míticas del centro y norte de Europa, pero vertebrada por una profunda metafísica cristiana que fuera sólida, coherente y detallada. Anhelaban, de hecho, que fuera tan vitalmente vinculante como lo es cualquier religión tradicional, “orgánica”, aunque en este caso se tratase de una artificial (una mitopoeia) creada por intelectuales. Este grupo de académicos de Oxford, cuyo nombre es ya un juego de palabras entre “usar tinta” y “tener presentimientos”, no era un simple club de lectura, sino más bien un verdadero ecosistema intelectual y espiritual que justificó, protegió y acompañó la gran visión de Tolkien en una época que miraba con absoluto desdén la literatura de fantasía. Durante las décadas de 1930 y 1940, el panorama literario y académico británico estaba dominado por el realismo crudo, la desesperación de entreguerras y un modernismo profundamente desilusionado; para esa intelectualidad, escribir sobre elfos, anillos mágicos y épocas inventadas era una pérdida de tiempo pueril, una evasión irrelevante (y hasta irresponsable) de los problemas del mundo real.
En este contexto de marginalidad académica, los Inklings que incluían a figuras de la talla de C. S. Lewis, Owen Barfield y Charles Williams compartieron un profundo rechazo del racionalismo materialista y de la deshumanización propia de la modernidad cientifista e industrial. Ellos pretendían recuperar, a través de la literatura, el sentido de lo sagrado y lo trascendente que la sociedad contemporánea parecía haber erradicado definitivamente. Fue precisamente en sus reuniones semanales, celebradas a menudo en el pub The Eagle and Child, o en los cenáculos universitarios organizados por Lewis, donde Tolkien leyó por primera vez en voz alta los borradores de lo que sería El Señor de los anillos y las complejas crónicas de El Silmarillion. El apoyo incondicional y entusiasta del grupo, y de Lewis en particular, impidieron que Tolkien abandonara su intrincada mitología, frustrado por el rechazo inicial de los editores.
El núcleo intelectual de este proyecto mitológico se fraguó en la famosa conversación nocturna de septiembre de 1931 entre Tolkien, C. S. Lewis y Hugo Dyson. En aquel entonces, Lewis aceptaba la existencia de Dios, pero no la religión cristiana, y argumentaba que los mitos antiguos eran simplemente mentiras hermosas e inútiles. Tolkien transformó por completo la perspectiva de su amigo mediante el concepto de mitopoeia, esto es, la creación actual de mitos. Le explicó que el ser humano, por haber sido hecho a imagen y semejanza de un Dios creador, posee la facultad y hasta el deber de la “subcreación”: inventar mundos, lenguajes e historias fantásticas no es una forma de mentira, sino la única forma, precisamente, en que la mente humana puede vislumbrar y plasmar fragmentos de la Verdad Eterna. Como defenderían los Inklings, las mitologías paganas de la Europa antigua no habían sido sustituidas por el cristianismo, sino perfeccionadas por éste. Consideraban el Evangelio como el “mito verdadero”: una historia sagrada que emplea los mismos arquetipos de sacrificio, redención y heroísmo que las sagas antiguas, pero con la diferencia crucial de haber acontecido realmente en un momento histórico datable.
Esta base teórica permitió a Tolkien acometer la construcción de una nueva mitología que era netamente europea y pagana (politeísta y heroica) en su superficie, pero plenamente católica (monoteísta y profética) en su interioridad. El profesor de Oxford se lamentaba de que Inglaterra hubiera quedado despojada de su sustrato mitológico autóctono tras la conquista normanda por no hablar de todos los fenómenos de aculturación y secularización posteriores, por lo que se propuso fusionar los temas folclóricos celtas, anglosajones y germánicos con la visión del mundo y de la historia cristiana. Y así, encontramos en su prolífica obra (embebida de elementos fácilmente reconocibles de las sagas islandesas, de la historia de Sigfrido, del poema de Beowulf o del Kalevala) los umbrosos páramos nórdicos, a los elfos de destino aciago, a los orgullosos y tercos enanos, la ruina de antiguos reinos humanos esplendorosos y, en general, el persistente recurso a la “huida de los dioses” (que remite a El cantar de los Nibelungos) y a la larga derrota en el combate contra la oscuridad; sin embargo, a la vez, el trasfondo teológico de la Tierra Media es monoteísta y está gobernado en última instancia por un Dios único (Ilúvatar) que ha decretado el nacimiento y el destino del universo a través del canto de los Ainur (como narra en el Ainulindalë), los dioses politeístas a los que previamente ha creado para después retirarse y “dejarlos a cargo” de todo. A pesar de la ausencia deliberada de templos, confesiones y rituales religiosos en el mundo de Tolkien, la trama está repleta de virtudes típicamente cristianas, que nada tienen de antiguo ni pagano contextos en los que hubieran sido más bien despreciadas, como el perdón hacia los caídos, la humildad de los pequeños y débiles, que terminan venciendo la soberbia de los poderosos, o la importancia de mantener la esperanza en épocas de crisis y desesperación.
Las corrientes intelectuales de las que bebían los Inklings enriquecieron notablemente este proceso mitopoiético. La tesis filológica de Tolkien de que las lenguas no pueden vivir sin una mitología que las sustente encajaba perfectamente con los estudios de Owen Barfield sobre la evolución de la conciencia en estrecha relación con las cualidades poéticas del lenguaje primitivo. A la vez, el romanticismo teológico de Charles Williams reforzó la solemnidad con que Tolkien abordó la tentación del poder (sentido fundamental del Anillo Único) y el papel del libre albedrío en un mundo en constante conflicto espiritual. En suma, los Inklings proporcionaron el andamiaje teórico, la validación estética y el refugio emocional que Tolkien requería para tamaña empresa, normalmente realizada por un pueblo entero a lo largo de siglos. Sin este círculo de intelectuales que compartían su veneración por las sagas medievales y una honda preocupación teológica, el intento de construir una nueva mitología europea y cristiana probablemente jamás habría salido de los primeros esbozos en sus cuadernos de la Primera Guerra Mundial, lo que hubiera privado al mundo actual de uno de sus mayores monumentos literarios.
 
 
 
 
  
David Puche Díaz. Novelista y filósofo.
D. D. PUCHE son en realidad los hermanos David y Daniel Puche Díaz. David (Madrid, 1979) es doctor en Filosofía por la UCM y profesor de dicha materia en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Mérida (EASDM), profesión que combina con la literatura. Daniel (Madrid, 1983) es licenciado en Filosofía y en Teoría de la Literatura por la misma universidad, y se dedica en exclusiva a tareas literarias y editoriales. Juntos han publicado varias novelas, entre las que destacan las series de fantasía contemporánea y terror Balada de los caídos o Jenkins & Sinclair. Investigadores de lo sobrenatural; también colecciones de relatos como El Evangelio digital o El Onirium.


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