La Zona Exterior (1)
Primera parte de la trilogía Espacio Colonizado«En la Zona Exterior, más allá del Espacio Seguro,
los exploradores y colonos, privados de los estándares
técnicos de la época, viven en condiciones de supervivencia
muy duras que podrían describirse como una “conquista
de la frontera”. Hay asentamientos tan aislados del
resto de la humanidad que empiezan a desarrollarse
socioculturalmente de formas totalmente divergentes».
>>>LUCIUS KRYLOV, Historia de la Periferia,
xm1ar/pqrt112sa86zn448u5st/ref.578
1/ UN ENCUENTRO IMPREVISIBLE
Escuchó la voz resonar en su cabeza.
«Zaid, como no regreses rápido nos vamos a ir sin ti».
«No tengáis tantas prisas. Si yo he estado aquí fuera cinco horas, vosotros podéis esperar cinco minutos más».
Eran
las costumbres de Zaid, de quien decían que era un bohemio. Aprovechaba
cada salida al exterior ‒eso sí, sólo cuando el trabajo estaba
terminando‒ para quedarse absorto, mirando el infinito. Una vez, Alex le
preguntó si veía algo ahí fuera, o si esperaba verlo. Zaid se quedó
mirándola, sonrió, y se dio la vuelta sin decir palabra. Era raro, desde
luego, pero eficiente, así que el resto de la tripulación lo aceptaba
con sus peculiaridades. Y allí estaba, en ese momento tan inoportuno,
contemplando las estrellas.
‒¿Pero qué coño verá ahí fuera?
‒preguntó retóricamente Beth, masticando una pastilla de sinthex
mientras observaba a Zaid en el exterior por una pantalla.
«¡Zaid, a
ver si entras ya de una puta vez y podemos irnos!», exclamó Jian,
visiblemente enojado, y se volvió hacia Beth, en el asiento de al lado:
‒Hemos
perdido un maldito día por culpa de esto. No vamos a llegar ‒añadió,
negando con la cabeza. Su preocupación no era para menos: Imrahil ya les
había advertido sobre otro incumplimiento de contrato. Estaban en la
cuerda floja.
‒Llegamos de sobra, no tienes de qué preocuparte. Todavía estamos dentro de los márgenes.
‒Primero hay que comprobar que la reparación ha funcionado, diga lo que diga la matriz. Verás como falle algo más.
‒Que no, hombre; Zaid y Meena hacen muy buen trabajo.
‒Meena ya entró, ¿no?
‒Sí, estará quitándose el traje.
‒Tengo
que hablar con ella. A ver si éste se deja de misticismos y entra de
una jodida vez. No lo dejaremos aquí, pero lo voy a dejar en tierra en
cuanto lleguemos a Oderon ‒lo cual, por supuesto, era imposible, por más
que lo repitiera a menudo.
Jian se levantó del puesto del copiloto y
salió del puente. Beth se quedó allí, mirando a Zaid a través de la
pantalla mientras mascaba el sinthex. Le aliviaba los dolores causados
por el fuerte golpe en la espalda que se había dado dos días antes en la
bodega, descargando células de hidrógeno. Ya sentía bastante dolor,
pese a la transdérmica que le puso Alex, como para dejar que se le
contagiaran las preocupaciones de Jian. Llegarían a tiempo; no le
convenía pensar otra cosa. Todo estaba ya bastante tenso en Oderon como
para cagarla otra vez. Mejor no darle demasiadas vueltas a la cabeza.
Mientras
Zaid terminaba de despedirse de Dios, o lo que quiera que estuviera
haciendo ahí fuera, Beth volvió a revisar el panel de diagnóstico en la
pantalla central. Todos los sistemas estaban en verde, salvo el SMP; no
parecía haber más problemas. Habían perdido el sensor de masas primario,
pero los dos auxiliares funcionaban perfectamente. Eso sí, habían
tenido que cambiar varias planchas del casco externo; más las
reparaciones definitivas que tendrían que hacer a su llegada a puerto. O
sea, menos margen de beneficios. Menuda racha llevaban, pensó. Apenas
amortizaban cada viaje. Más valdría que las cosas cambiaran pronto; no
podían permitirse seguir así más de dos meses, o tendrían que empezar a
vender órganos o extremidades. ¿Cuánto le darían por un riñón?, se
preguntó.
«Zaid, ¿entras ya o enciendo los motores contigo fuera?»,
dijo a través del enlace neural, aunque esta vez sólo para que la oyera
él; lo pensó, más bien.
«Ya voy, ya voy…»
La avería tuvo que
producirse antes de que saltaran al hiperespacio. Algún pequeño impacto
durante el trayecto hasta el punto de salto; algo del tamaño de un grano
de arena ‒si hubiera sido mayor lo habrían advertido‒ impactaría contra
el casco e hizo una microbrecha, que se abrió después. Eso afectó al
SMP, hasta que éste empezó a fallar, pero la matriz no lo detectó al
principio; cuando advirtió el mal funcionamiento, los sacó del
hiperespacio en el acto, para evitar cualquier peligro. Y eso pese a los
sensores secundarios; era el protocolo estándar. Ahora, eso sí,
tendrían que seguir el viaje con ellos, lo cual incrementaba las
posibilidades de error en un uno o dos por mil. Demasiado, cuando sabes
lo que eso significa. Y ella lo entendía; por algo era la piloto. Los
sensores de masas son vitales cuando se salta al hiperespacio. Cualquier
cosa que te alcance a velocidades supralumínicas te vaporiza en el
acto, así que tienes que detectarlas a millones de kilómetros en
cuestión de décimas de segundo. De lo contrario, viajarías a ciegas, lo
cual resultaría imposible. El salto mejor calculado no puede tener en
cuenta todas las contingencias que surgirán.
Fuera como fuera,
tenían el SMP tocado y habían tenido que cambiar más de tres metros
cuadrados de casco con placas de monocarbono. Cinco horas estacionarios
en mitad de ninguna parte. O, para ser más exactos, en mitad del sistema
Kihara, según decían las cartas de navegación. Un sitio perdido, a dos
tercios del camino entre Vera y Oderon, que todavía estaba a varias
decenas de años luz de distancia. Casi dos días de trayecto todavía. Y
eso, con Jian fuera de sí. Iban a ser dos días insoportables. Y encima,
con ese maldito dolor de espalda.
Miró los sensores de barrido. En
aquel sistema no había nada; no había nadie. Una estrella clase M y dos
planetas no aptos para la vida. No debían de tener ningún recurso
valioso, porque no había ni siquiera una colonia minera. Nada de nada.
Aquello era un lugar yermo y aburrido del que esperaba poder irse cuanto
antes. ¿Dónde coño estaba Zaid? ¿Había entrado ya?
Navidad de 1896. Amanda Jenkins, una eminente profesora universitaria, recibe una carta póstuma de su viejo mentor, el Dr. Atwood. En ella relata unos hechos terribles acerca de una ominosa máquina que ha construido para el malvado barón Hoffmann. Si no la encuentra a tiempo y detiene su puesta en marcha, la ciudad de Port Heaven podría estar en peligro. Puede que hasta el destino del mundo se juegue en los siguientes días. Para ayudarla, Atwood le sugiere a la Dra. Jenkins que busque al Dr. Sinclair, un viejo compañero de estudios, que resultará ser mucho más que un simple erudito. Juntos, reconstruirán los últimos días de vida de Atwood para resolver el misterio que encierra su máquina. Jenkins & Sinclair. La máquina de Atwood es una novela que aúna el horror lovecraftiano con elementos steampunk y un toque de humor, en la que una pareja de científicos se enfrenta a unos poderes que van mucho más allá de su compresión de la realidad. Primera entrega de la serie Jenkins & Sinclair. Investigadores de lo sobrenatural. >>Haz clic en la portada para abrir la muestra de lectura.
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Zaid
cerró la escotilla exterior y se agarró a la barra mientras pulsaba el
botón de la exclusa. Ésta empezó a llenarse de aire, hasta que la luz se
puso en verde y, con un chasquido, la compuerta hexagonal se abrió. La
cerró tras de sí y volvió a pulsar el botón, que se puso rojo de nuevo.
Tiró del cierre del casco, que dejó escapar un leve silbido antes de
recogerse en el compartimento a su espalda.
«Joder, ya era hora,
Zaid», escuchó decir a Beth a través del neuroenlace. «Ahora vas a tener
dos días para escribir toda la poesía que quieras».
Zaid era inmune
al sarcasmo de sus compañeros. Los compadecía, incluso, por su falta de
emoción ante las cosas. No eran capaces de percibir la belleza, la
armonía que estaba por todas partes. No creían en nada, y por eso no
veían nada.
«Me pondré a ello cuanto antes. Gracias por la
sugerencia», se limitó a responder, sin necesidad de abrir la boca. Le
bastó con pensarlo y ya estaba en la red interna.
«Hazme saber tus resultados», replicó Beth.
Entendía
su mal humor, así que no quiso juzgarla. No se debe juzgar a los demás,
especialmente cuando sufren, y Beth lo estaba pasando mal últimamente.
Estaba muy tensa. Todos los estaban; el capitán, el que más. No era de
extrañar: últimamente no les salían trabajos buenos, y apenas
completaban el ciclo después de pagar las tasas portuarias, los
impuestos y la deuda con el Gremio. Por no hablar del mantenimiento, al
que había que sumar el coste de esta reparación, una vez en tierra. El
comercio estaba cada vez más difícil en la Periferia, sobre todo desde
que estalló el conflicto entre el Principado de Holfsdorf y la
Mancomunidad de Wang. Llegaban pocos suministros decentes del Interior y
la inseguridad cada vez era mayor; los piratas ya se atrevían a asaltar
naves en las rutas principales. Llevaban más de dos años así, y nadie
ponía orden. Las estructuras sociales y económicas de la Periferia se
estaban deteriorando rápidamente, pues ninguna autoridad era
suficientemente fuerte allí como para imponerse, y la ley que no se hace
valer no es ley. Por eso ellos tenían que desviarse cada vez más de las
rutas principales, ahora muy peligrosas, y que en todo caso daban pocos
beneficios; intentaban hacerse con encargos más difíciles, en sistemas
secundarios y terciarios. Algo bastante arriesgado, puesto que allí ya
no quedaban puestos de la Guardia Naval. Era como volver a los tiempos
de la Exploración. Los tiempos de la Frontera. Pero ahora el peligro ya
no era el espacio, la inmensidad vacía y aterradora. Eran sus
pobladores, a menudo mucho peores.
Se quitó el traje espacial,
apoyándose en el soporte y dejando que el robot auxiliar le retirara las
placas superiores y el equipo de reparación, mientras él se quitaba por
sí mismo los guantes y las botas. Los dejó colocados en el soporte, vio
que el de Meena ya estaba en el suyo, y subió una cubierta por la
escalera de mano, hasta la zona común. Atravesó el salón, cogió una
manzana del frutero y se dirigió al puente. Allí estaba Beth, sola.
‒Una vez más, un trabajo impecable ‒dijo, según entraba, y le dio un sonoro mordisco a la manzana.
‒Todo
da positivo ‒respondió ella sin mirarlo siquiera; seguía atenta a la
pantalla‒. Pero hay que reiniciarlo y pasar los test de arranque.
Llevará cosa de una hora, y Jian está que se sube por las paredes…
¿Cuánto tiempo crees que aguantará la reparación?
‒Si es por aguantar, lo que haga falta. El monocarbono podría tirarse ahí toda la vida. O hasta el siguiente impacto, claro.
Entonces ella sí que se giró y lo miró, enarcando las cejas.
‒No
he querido decir nada con eso ‒respondió él, levantando las manos‒. En
cuanto a los sensores secundarios… bueno, te digo lo mismo, pero claro,
tenemos menos alcance. Así que el primario hay que cambiarlo cuanto
antes.
‒¿Hay que cambiarlo entero? ¿No es reparable?
‒No. Está
hecho polvo. Y suerte que el objeto no penetró más; podría haber llegado
al casco interior, y entonces estaríamos hablando de otra cosa muy
distinta. Bueno, no estaríamos hablando, seguramente.
‒Habrá que cruzar los dedos de aquí a Oderon.
‒Confiemos en el destino. Hay que ser optimistas.
‒Sí… en el destino…
‒Tampoco podemos hacer mucho más, aparte de eso.
En
la cubierta intermedia, en la popa de la nave, Jian y Meena se
encontraban al lado de la compuerta de seguridad que daba acceso a
Ingeniería, el Reino de esta última, o sus Aposentos, como también
llamaba a la sección. Llevaba el mono desabrochado y abierto hasta la
cintura, según su costumbre. Allí hacía calor.
‒Mi trabajo aquí es velar por el rendimiento de la nave y la seguridad de la tripulación, Jian… ‒le contestaba en ese momento.
‒No, la seguridad de la tripulación es el mío, Meena; el tuyo es la integridad de la nave. Son dos cosas distintas.
‒Pues
mejor me lo pones: lo que me estás pidiendo amenaza la integridad de la
nave. Y por ello mismo, la seguridad de la tripulación. No hay una cosa
sin la otra.
‒Vamos, Meena, ¿cuántas veces no has forzado el
reactor? Sólo necesito que me des un poco más de potencia. Con cero dos
puntos podríamos incrementar la velocidad un siete por ciento y
tendríamos unas horas de margen muy valiosas. No podemos permitir que
falle nada, ya lo sabes. Otra vez no. No quiero pensar en las próximas
cuarenta y ocho horas como una contrarreloj. Podríamos ahorrarnos ocho.
Meena
se sentía entre la espada y la pared. Sabía que Jian tenía razón, pero
no quería ser ella quien pusiera en práctica semejante medida. La ponía
ante una responsabilidad que no quería asumir.
‒Sabes que hago lo
necesario en cada ocasión, Jian ‒le respondió‒. Y sí, he forzado el
reactor en ocasiones. Pero no es lo mismo hacerlo durante unas horas que
durante casi dos días de tránsito. La cámara de fusión podría
sobrecargarse; o puede que no aguante la refrigeración… Y sabes que si
pasa cualquiera de ambas cosas, el reactor se desconecta automáticamente
y nos lanza de vuelta al espacio normal, estemos donde estemos, con los
generadores auxiliares, que sólo dan para el soporte vital. Y entonces
sí que íbamos a llegar tarde. Lo que tardasen en rescatarnos. Días o
semanas, dependiendo de dónde cayéramos.
‒Ahora mismo, estoy dispuesto a correr ese riesgo. Los pros superan a los contras.
‒¿Estás seguro? Me parece una decisión precipitada.
‒Mira,
Meena, sé que te tomas tu trabajo muy en serio, y te respeto por ello.
Pero yo también tengo que tomarme muy en serio el mío. Y hay peligros
dentro de la nave, pero también fuera de ella. Las horas que hemos
perdido con esta parada se suman a los retrasos que ya llevábamos. Y la
entrega no se puede demorar. He dado mi palabra y tengo que cumplirla.
‒Tu palabra no puede estar por encima de nuestras vidas, Jian.
‒¡Joder,
Meena, de mi palabra dependen vuestras vidas! ¿Es que no me estás
escuchando? No me juego el cuello yo con esta entrega, nos lo jugamos
todos. Estamos bajo una advertencia; si llegamos tarde, estamos
acabados.
‒No me jodas, Jian ‒replicó Meena, con cara de creciente
preocupación según avanzaba la conversación‒; pero, ¿qué llevamos ahí
abajo?
‒No quieras saberlo. No te hace falta.
Meena no pudo ni quiso contestar a eso.
‒Tal y como lo pintas, ¿no sería mejor no ir a Oderon, si vemos que no llegamos a tiempo?
‒Eso
sería lo mismo que huir con la mercancía de Imharil; ¿es lo que
propones, Meena? ¿Robar a Imrahil? No tendríamos galaxia suficiente para
escondernos de ese cabrón, lo sabes perfectamente.
‒De verdad que no entiendo cómo hemos llegado a esta situación.
Jian la miró con pesar.
‒La vida. La puta vida. ¿Me darás esos cero dos, Meena?
‒Sí. Te los daré. Pero bajo tu responsabilidad. No respondo del reactor.
‒Así me gusta. Seguro que aguanta.
‒Esperemos que sí. Tendré que estar todo el trayecto despierta, supervisándolo, por si acaso.
‒Lo que consideres necesario. Pero hazlo.
Echó a andar por el corredor, en dirección a las escaleras, pero se detuvo para decirle:
‒Como pase algo más en estas cuarenta horas, me ahorco de la grúa de la bodega.
En
la bodega, el gran vientre de la nave que ocupaba la mayor parte de la
cubierta inferior, Alex contemplaba a Jacko deambular entre los
contenedores anclados al suelo ‒algunos de ellos conectados al
suministro de energía de la misma‒. De vez en cuando, con gran
curiosidad, se paraba ante uno y lo olisqueaba, antes de perder el
interés y seguir dando vueltas en dirección al muelle de carga. Alex lo
miraba distraída, mientras escuchaba música a través del neuroenlace;
estaba desconectada de la conversación, pero recibiría cualquier
comunicación dirigida explícitamente a ella y, por supuesto, cualquier
orden dada por el capitán. No obstante, llevaban diecisiete horas
estacionarios y no parecía que nadie fuera a necesitar sus servicios; si
eso, al subir se pasaría a echarle un vistazo a Beth y le suministraría
más analgésicos y estimulantes.
Estaba apoyada en la barandilla de
la pasarela superior, intentando seguir con la cabeza el impredecible
compás de la música aleatoria, mientras pensaba en lo aburrida que era
esa vida. Había esperado más emociones al comprar su participación en la
tripulación; creía que en la Flota Mercante vería mundos exóticos y
tendría una vida excitante, con todos los alicientes que escaseaban en
Saint-Vrain. No es que quisiera vivir peligros, pero sí al menos tener
experiencias; ver y hacer cosas que fueran dignas de contar. Y, de
momento, lo más memorable había sido pagar cuotas y hacer más trabajo
ayudando en las tareas de carga y descarga que como médica. Apenas
llegaban a un planeta y hacían las entregas o recogidas, ya estaban
saliendo para el siguiente, de modo que no tenía mucho tiempo de ver
nada; ni siquiera de empaparse del ambiente portuario, de conocer a
gente de sistemas lejanos, muy distintos al suyo. Y su contacto con el
Interior era prácticamente nulo, cuando ésa había sido una de sus
principales expectativas: que a bordo de esa nave tendría la oportunidad
de salir de la Periferia y conocer territorios más cercanos al Centro.
De momento, todo le estaba resultando muy decepcionante. Y ahora estaban
varados allí, en el sitio más aburrido del Espacio Habitado; como había
ido comprobando, en la existencia de los comerciantes casi todo eran
horas y horas de espera, largos días en los que no había nada que hacer,
interrumpidos por los puntuales momentos de llegada a un planeta donde
lo que ocurría no era mucho más apasionante. Y pensar que podría tirarse
muchos años a bordo… se deprimía sólo de pensarlo. Cada vez tenía más
claro que había cometido un error al unirse a aquella tripulación. Eran
buena gente, no tenía nada contra ellos; el ambiente por lo general era
bueno ‒aunque no en las últimas semanas‒, pero se daba cuenta de que ese
modo de vida no era para ella. Aspiraba a algo más, aunque no tenía
claro a qué.
Vio al perro levantar la pata trasera sobre uno de esos
contenedores azules y grises del fondo, cuyo olor le habría resultado
especialmente sugerente, y decidió, con pereza, bajar al fondo de la
bodega, tamborileando con los dedos en el pasamanos de la escalera. Como
luego encontrara cualquier rastro orgánico, el capitán se pondría hecho
una furia, y el ambiente ya estaba lo bastante tenso. Así que Alex se
acercó adonde el perro había hecho sus necesidades, sacó el espray y
roció el charco. Esperó unos segundos, moviendo una pierna al ritmo de
la convulsa música, y entonces arrancó del suelo y del contenedor la
superficie gomosa y desinfectada formada por el rociado. Se acercó al
destructor de residuos de la bodega, lo abrió con un pie y echó la goma
al interior. Ocuparse del perro era, con toda seguridad, lo más parecido
a una aventura que le había deparado su último año y medio como
tripulante de un carguero; no era eso precisamente lo que se imaginó al
despedirse de su familia y amigos en Saint-Vrain.
‒Jacko, ven aquí. Venga, vámonos. ¡Jacko!
Entonces
había empezado a llevar un diario; registraba los recuerdos más
memorables en soportes HK para poder revivirlos después. Tenía la idea
de montar con los mejores de ellos una historia, que se imaginaba
excitante y llena de acción. Algo de lo que su gente estaría orgullosa,
cuando les fuera enviando entregas al planeta natal. Pero ese diario
estaba prácticamente vacío, y lo que había en él no se lo enseñaría a
nadie. Resultaba tedioso, y cuando había ocurrido algo ‒como el abordaje
de la patrulla de la Guardia Naval cerca de Brimm, o aquella entrega
tan incómoda en Horemal‒, no tenía lo que se dice un gran valor
narrativo; la realidad siempre es más fea y anticlimática de lo que
exige cualquier buena historia. Aquello no valía ni como anécdota. Y
grabar sus experiencias recogiendo meadas de perro no le iba a dar un
gran giro dramático a su relato. En esa nave nunca iba a pasar nada.
Nada. Pensó otra vez en los años que tenían que pasar para obtener el
derecho de reventa de su participación, y sintió un gran agobio. Iba a
desperdiciar sus mejores años en aquella maldita nave roñosa. Se moriría
de aburrimiento.
«Todo el mundo a la cubierta superior», escuchó de
repente decir a Jian por el neuroenlace, interrumpiendo la música. «Os
quiero en el salón ahora mismo. Ya».
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Alex
salió del montacargas y atravesó, precedida por Jacko, que se le
adelantó, el segmento de pasillo que conectaba con el salón de la zona
común. Allí estaban todos ya reunidos, de pie, al lado de la mesa. Jian
tenía el ceño fruncido y estaba mirando algo en una hojapantalla; se le
notaba más crispado incluso que horas antes, lo cual ya era decir mucho.
Beth estaba comentando algo con Meena; como siempre, la primera
gesticulaba mucho con las manos y la segunda la miraba, circunspecta y
cruzada de brazos, con la mitad superior del mono bajada hasta la
cintura. Ziad estaba a lo suyo, con aspecto afable. Jacko se fue
inmediatamente hacia él, y el gran hombretón, sonriente, se puso en
cuclillas y le rascó la cabeza al labrador.
‒Bueno, ya estamos todos, Jian ‒dijo Beth tras unas últimas palabras a Meena, que asentía con aspecto serio.
El
capitán le echó otro vistazo a la hojapantalla plástica antes de
lanzarla sobre la mesa. Al caer sobre su superficie y quedar ligeramente
adherida, su contenido se proyectó tetradimensionalmente sobre ella, de
modo que todos pudieron visualizarlo. Era un diagrama de un sistema
planetario, en el que se veían, indicados en diferentes colores, unos
vectores de aproximación.
‒Bueno, ¿qué pasa? ‒preguntó Alex.
‒Que
por fin vas a tener algo para tu diario ‒le dijo Meena; ella abrió
mucho los ojos al oírlo. No sabía si eso era bueno o malo, pero sonaba
más bien a lo segundo.
‒Beth, ¿quieres repetirlo ahora que estamos todos? ‒dijo Jian.
‒Claro.
Como sabéis, hace cosa de una hora Meena y Zaid terminaron la
reparación del casco. Todo parece estar en perfecto estado, aunque
tendremos que seguir el trayecto con los sensores de masas secundarios.
Bien, para eso hay que reiniciar el sistema de navegación y someterlo a
unos test de arranque, sin los cuales la matriz no puede calcular un
nuevo salto, de modo que…
‒Beth… ‒la interrumpió Jian.
‒Ya
llego, ya llego, déjame contarlo a mi manera ‒contestó, haciendo
expresivos gestos de manos‒. La cuestión es que, mientras pasaba el
protocolo de reinicio, los sensores de barrido han detectado casualmente
un objeto que se nos aproxima.
‒¿Un objeto? ‒preguntó Zaid, quien
por fin parecía interesarse por la conversación, así que dejó de jugar
con Jacko‒. ¿Y por qué os ha llamado la atención?
‒Es pequeño, más
que la Perséfone. Al principio me pareció que era un meteoroide
solitario, basura de este sistema. Pero no parece natural; tiene una
alta concentración de metales, y otros materiales, en proporciones que
parecen indicar manufactura. Todo apunta a que es de origen humano.
‒¿Una nave? ¿Una sonda? ‒preguntó Alex.
‒No
estamos seguros, pero parece que no. Se trata de algo artificial, pero
no emite señales de ningún tipo. Ni transpondedor, ni baliza de
emergencia, ni por supuesto comunicaciones por ningún canal; y no se
detecta actividad electromagnética ni térmica destacable. No tiene firma
alguna. Sea lo que sea, está muerto. Quizá sean restos de un naufragio.
Y no sería reciente, claro.
‒Mierda ‒fue la respuesta de Alex.
‒Sí
‒dijo Meena, asintiendo con cara de circunstancias‒. Tenemos la
obligación legal de certificarlo y, si es posible, de rescatar los
cadáveres a bordo, o cuanto menos comprobar sus identidades y extraer
toda la información relevante de su matriz.
‒Y, en nuestro caso, de remitirla al Gremio, que hará las gestiones oportunas ‒dijo Jian.
‒Vaya ‒dijo Zaid‒. ¿Y cuánto tiempo…?
‒Demasiado… ‒lo interrumpió Jian, visiblemente molesto.
‒Se
nos aproxima siguiendo una órbita en torno a la estrella menos
excéntrica que la nuestra ‒explicó Beth‒. Dada su posición y su
velocidad actuales, si permaneciéramos estacionarios tardaría seis horas
en pasar a unos treinta mil kilómetros de nosotros, momento a partir
del cual empezaría a alejarse en dirección al centro del sistema.
‒Y,
por supuesto, no vamos a permanecer estacionarios ‒añadió Jian‒; vamos a
interceptar el objeto de forma inmediata. Podríamos alcanzarlo en poco
más de una hora, mientras el sistema de navegación termina de
calibrarse, hacer el registro lo más rápidamente posible, y saltar al
hiperespacio con lo que tengamos.
‒¿Llegaremos a tiempo, con este desvío? ‒preguntó Zaid.
‒Tenemos que hacerlo ‒contestó el capitán, mirando a Meena significativamente.
‒Habrá que apretar un poco el reactor ‒dijo ésta tras unos segundos en que todos la observaron fijamente.
‒¿Durante cuánto tiempo? ‒preguntó Alex.
‒Hasta Oderon ‒respondió.
‒Qué
bien… ‒comentó Zaid, con los ojos clavados en el suelo‒. Menos mal que
he tenido la oportunidad de salir una última vez al espacio.
Todos lo miraron con desánimo.
En
la proyección tetradimensional, procedente de la matriz inteligente de
la Perséfone, se veía el punto rojo parpadeante que representaba el
objeto. Un encuentro imprevisible, cuyas probabilidades de darse eran
remotísimas, que se sumaba a su avería y que les haría perder todavía
más tiempo del poco que les quedaba para llegar a Oderon y hacer la
entrega. Era lo último que podían esperarse, y lo peor que podía
ocurrirles en ese momento.
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