El Biblioverso
FICCIÓN ESPECULATIVA
Apuntes del inframundo #2
[ANOTACIÓN]
25/8/2026
(Publicado originalmente en esta web en 2/9/21)
En mí hay un yo que trabaja y hace la compra, que se relaciona
con amigos y compañeros, conocidos y familiares; que ve la tele y
escucha música y sale por ahí, y a veces se emborracha o viaja o hace
algo que rompe la rutina cotidiana; que va al médico y paga impuestos
y ocasionalmente tiene que llevar el coche al taller o llamar al
seguro de hogar; un yo como cualquier otro, con las mismas
preocupaciones y anhelos que los demás, tan anodino e insignificante
como en el fondo lo es todo el mundo. Y hay un yo que escribe. Un yo que es soledad pura, que vive enrocado en sí mismo y que no
tiene nada que ver con el anterior. O, en realidad, sí, porque
vive en él, es él, y desde luego se nutre de él; podría
decirse que lo parasita, que se alimenta de sus experiencias y las usa
como material para elaborar lo que escribe. Pero no pertenece al mismo
mundo, está en otro lugar, y nunca coinciden a la vez:
o está el uno o el otro. Saben de sus mutuas existencias,
claro, pero no están nunca en el mismo tiempo y lugar, y ni siquiera
parecen llevarse muy bien. Al parecer, sus intereses y necesidades van
por muy distintos caminos, y hasta puede que sean incompatibles entre
sí.
El segundo contempla el mundo desde lejos, con cierta indiferencia,
como a través de un cristal que lo tiñe o deforma de cierta peculiar
forma; lo observa desde una idealidad desconectada de lo inmediato,
de las personas y cosas que forman la vida del primero; su mundo es
otro, uno eterno e inmaterial, el abismo al que pertenecen las obras
inmortales del espíritu, en el que Homero o Shakespeare, Velázquez o
Mozart, Platón o Einstein, son simultáneos y constantemente dialogan
entre sí, en una misma lengua, bajo la idéntica luz del Espíritu.
Necesita al primer yo, que es como su medium; pero lo
trasciende, no se identifica con él, y por eso éste nunca podría
explicar, de palabra (uno siempre habla, el otro siempre escribe),
lo que aquél hace, qué es lo que pretende o cómo trata de
realizarlo. Y, a la inversa, el Yo no entiende las pequeñeces y
miserias del yo, los estrechos límites de su existencia, su
mezquindad y la poca altura de sus miras. Sin embargo, no cabe duda,
el yo podría existir sin el Yo, pero nunca a la inversa. El Yo es
una carga terrible. Una meta-subjetividad que expolia la vida misma.
Pero tiene algo bueno, algo grande: un propósito que va más
allá de la particularidad de su anfitrión y que se eleva hacia algo
universal con lo que éste ni siquiera sabría soñar.
D. D. Puche

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