El Biblioverso
FANTASÍA, TERROR Y CIENCIA FICCIÓN
Crítica y reseñas (#1)
SOLEDAD HIPERCONECTADA Y REENCANTAMIENTO DEL MUNDO
La literatura como vertebración de la vida actualD. D. PUCHE
4/4/2026
Vivimos en un mundo altamente
contradictorio ‒y, digan lo que digan, ninguna
contradicción es buena para la vida‒: por un lado, debido al modelo
económico reinante a lo largo de toda la Edad contemporánea, nunca el ser
humano ha estado más atomizado, más solo de lo que está hoy; por otro, a causa
de las tecnologías de la información y la comunicación que venimos usando de
forma compulsiva en las últimas décadas, nunca ha habido menos intimidad de la
que hay actualmente, nunca la esfera de la privacidad estuvo más amenazada por
la intromisión de lo público. Se da, por tanto, la “paradoja habitacional”
de que vivimos tras unos muros que tienen un grosor como nunca lo hubo, pero
que, a la vez, son más transparentes de lo que nunca fueron: jamás estuvimos
tan aislados y, al mismo tiempo, tan expuestos como en este momento. Y,
sencillamente, es un hecho que no se puede vivir así. El “malestar en la
cultura” resulta ya intolerable; es un clamor tanto psíquico como social.
Los géneros literarios del terror
y la fantasía contemporánea encuentran en esta coyuntura un terreno fértil para
explorar la condición humana en el siglo XXI, a caballo entre la paranoia despertada
por la “vida vigilada” (se podría hablar hoy del panóptico digital) y el
desesperado anhelo por recuperar lo sagrado en un entorno de consumismo e
inmediatez que lo ha profanado absolutamente todo. El terror “posmoderno”
ha mutado: ya no se ambienta en cementerios ni castillos ni en siniestros
laboratorios científicos; ya no se basa en fantasmas o vampiros ni en indescriptibles
criaturas extradimensionales; el horror actual reside en la soledad absoluta
hiperconectada, en la angustia de estar rodeado de millones de voces
digitales (que ni siquiera tenemos la certeza de saber si son humanas o
artificiales) mientras el silencio físico de nuestra habitación se vuelve
ensordecedor. En semejante escenario, el “monstruo” es la artificialidad de
la vida en cuanto tal; es la propia arquitectura de información que
ya lo es todo. Hay una inquietud latente, casi una psicosis colectiva, derivada
de saber que nuestros deseos, miedos y rutinas diarias son procesados por
algoritmos inhumanos que nos conocen y condicionan con una precisión
quirúrgica. El miedo ya no es a lo desconocido, sino precisamente a ser
demasiado conocidos. La pérdida de toda privacidad, de toda interioridad,
es la nueva forma de “perder el alma”: si cada uno de nuestros pensamientos es
predecible y cada elección es monetizable, ¿qué queda de la libertad? Nos hemos
convertido en copias de nosotros mismos, en avatares vacíos de sustancia que
nosotros mismos alimentamos con cada clic, atrapados en un bucle de hastío del
que no encontramos salida alguna.
Frente a este escenario de vigilancia
omnímoda y de absoluto utilitarismo tecnológico (una sociedad tan devorada
por sus propios medios que ya ni siquiera sabe plantearse fines), surge la
necesidad de un “reencantamiento del mundo”. La fantasía contemporánea no debe
entenderse simplemente como una escapatoria infantil, como una mera evasión
imaginativa, sino como una formulación de situaciones alternativas ante el “desencanto”
que Max Weber describió hace ya un siglo. En un mundo donde todo tiene un
precio de mercado o una función útil, donde todo son datos personales en venta
y predecibilidad y manipulación de la conducta, lo literario aún constituye el refugio
de lo mítico, un espacio en que la vida se piensa a sí misma en libertad,
y por ello, un espacio en que todavía puede acaecer lo sagrado, lo poético
no ultradeterminado por el entorno económico-tecnológico. El reto de la
literatura actual ‒muy
especialmente los géneros del terror, la fantasía y la ciencia ficción especulativos‒ es encontrar lo
maravilloso (lo bello y libre, lo todavía motivador) en lo cotidiano, es
hacerlo todavía posible, siquiera pensable. Los reinos lejanos, los
mundos del cuento y la leyenda, los universos de la exploración espacial, son
hoy las alcantarillas de una gran ciudad en las que aún vibra una magia primordial
(el Arte) que la tecnología no ha podido domesticar. Este reencantamiento del
mundo es un ejercicio de crítica y resistencia contra la eficiencia económico-tecnológica
que cada día nos deshumaniza un poco más. Reivindicar lo fantástico, el
misterio, es, en el contexto vigente, una forma de afirmar nuestra humanidad.
Un bastión en que la belleza y lo inexplicable ‒lo
originario y libre‒
aún tienen un lugar. O cuanto menos un no-lugar, el de las utopías o distopías
que nos sirven de varas para medir y valorar este mundo desde cierta
“exterioridad imaginativa” que primero hay que construir.
En la intersección de ambos
asuntos, descubrimos que el terror existencial ante la hiperconectividad y el anhelo
de lo fantástico son dos caras de la misma moneda; ambos expresan la necesidad
del sentido. Mientras el terror literario nos advierte sobre los
peligros de una transparencia que nos absorbe y vacía, la fantasía nos invita a
rellenar esa “nada” existencial con nuevas mitologías acordes a nuestro tiempo,
quién sabe si inspiradoras de futuros cambios. En última instancia, escribir
sobre estos temas es trabajar para romper el cristal de la pantalla; para
volver a tocar la realidad al otro lado del espejo, aunque sólo sea a
través de la alegoría y el símbolo.


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