ACOMPAÑA AL INSPECTOR AJENJO EN SU INVESTIGACIÓN POR EL MADRID MÁS OSCURO Y SÓRDIDO
El abismo que te mira
Noir & terror | Novela por entregas
Por D. D. PUCHE
Publicado en 14/5/2026
«Y cuando miras demasiado a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».
Friedrich W. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, §146.
Friedrich W. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, §146.
7
[Lee el capítulo 1] Y cada cual se puso a lo
suyo. Casi toda la mañana fue una gráfica demostración de lo que es el trabajo
policial la mayor parte del tiempo; esa parte tan poco excitante y glamurosa
que las novelas y las series policiacas despachan con una elipsis, pero que es
lo que se come casi todo el tiempo; ojalá se pudiera hacer una elipsis en la
vida real. Lo que haces la mayor parte del tiempo es cruzar datos en el
ordenador o en archivos, además de estar pegado al teléfono intentando dar con
gente con la que por lo general no das; y cuando por fin das con ella, no
tienen casi nada interesante que decirte. Aparte de eso, mucho papeleo:
informes, solicitudes y mil impresos. Cada paso tiene que estar documentado y
justificado; la improvisación y los atajos están prohibidos, y por supuesto las
corazonadas y esas chorradas, o sea, lo que al genio de la teleserie de turno
le permite resolver el caso en los últimos cinco minutos del episodio. Eso
sería arbitrario, y el sistema judicial abomina de la arbitrariedad: todo tiene
que ser reproducible y trazable. Y la metodología policial está sujeta de
antemano a los procedimientos judiciales en los que desembocará tarde o
temprano.
Así que me pasé toda la
mañana ‒que fue de esas en las que, a falta de más información
o debido a los trámites, no puedes seguir avanzando‒ pegado al teléfono, básicamente, intentando conseguir
lo necesario para poder dar los siguientes pasos.
Lo primero de todo, llamé a
los dos del bufete que no vinieron el día antes. La asociada sénior, una tal
Quiroga, que había tenido juicio, me contestó a la primera y me dijo que sin
problema, que podíamos vernos esa misma tarde o al día siguiente, si me venía
bien. Yo planeaba hacer otra cosa esa tarde, así que la cité para el día
siguiente. Se la veía muy entera, a la tía, a pesar de que habían destripado a
su jefe a dos despachos del suyo; de hecho, al día siguiente a eso fue al
juzgado. Otra psicópata, probablemente, pero de las de toga, que tiene que
haber bastantes.
Me costó bastante más dar con
el abogado júnior, Peralta, que no había asistido a las entrevistas «por
motivos personales inexcusables». En estos casos, y no estando entre los
sospechosos, pase. Pero cuando luego no te cogen el teléfono, empieza a tocar
los cojones. Además, ese tipo era uno de los que habían estado en el bufete la
tarde del asesinato; uno de los que la víctima había mandado a casa, así que su
testimonio me resultaba más interesante que el de Quiroga. Lo llamé varias
veces a los dos números ‒fijo y móvil de trabajo‒ que me dio Echegaray, y no contestaba. Al final me empecé a mosquear y
volví a llamar a Echegaray, que me dio otro número después de pasar varios
minutos buscando una agenda: era el teléfono de la “persona de contacto” que
había dejado cuando lo contrataron, aunque no indicaba de quién era.
Llamé a ese número y se puso
una mujer que resultó ser su madre. Hablaba de forma parca y esquiva; se la
notaba preocupada. Sabía lo que había ocurrido, claro, y por lo visto, por lo
que el hijo le había contado, no estaba muy tranquila. El joven abogado estaba
hecho polvo, muy asustado, y se había encerrado en casa después de darle
confusas explicaciones a ella, las cuales no supo o no quiso transmitirme. Ahí
pasaba algo, pero esa señora no me lo iba a aclarar: tenía que hablar con ese
chaval como fuera. De ella no iba a sacar nada en limpio, pero tampoco quiso
mentir a la policía, y con muchas reticencias terminó dándome un número de
móvil personal, el que el chico usaba sólo para la familia, amigos y demás.
Después de llamar a ese número varias veces ‒todo
esto lo intercalé con otras actividades, naturalmente, porque siempre hay que
estar con la burocracia, y revisando el material acumulado, etc.‒, al final me cogió el teléfono.
Del mismo autor...
El tipo estaba claramente
borracho, y se puso muy nervioso en cuanto le dije que era de la policía y
quería hablar con él. Para entonces, lo noté claramente, la madre ya le había
llamado y estaba sobre aviso. Intentó convencerme penosamente de que se había
cogido una baja porque estaba enfermo, y yo le dije que muy bien, que se
cogiera una baja; era un asunto laboral entre él y su empresa, pero no lo
eximía en absoluto de presentar declaración ante la policía si ésta se lo pedía
por una investigación criminal. Le comenté, además, que era una curiosa forma
la suya de estar de baja, y que si había algún motivo para que estuviera en ese
estado a tales horas de la mañana. Preocupaciones, o algo. Entonces pareció
recordar lo que sabía de derecho y empezó a invocar los suyos, claro, lo cual
yo corté por lo sano citándolo al día siguiente, junto a Quiroga, y diciéndole
que o venía voluntariamente o iría yo adonde estuviera él. Me aseguré de que lo
apuntaba, por lo curda que estaba, y le colgué. A ése le iba a sacar algo
interesante, lo veía venir. A ver cuánto aportaba a la investigación aquel
pollo.
Entre las muchas veces que
intenté contactar con Peralta, también llamé a la viuda de la víctima. Ésa es
la parte más jodida de una investigación por asesinato: hablar con la familia,
que está destrozada, y a menudo, de hecho, en un estado de shock que
simplemente le imposibilita hablar. Y en un caso como éste, me imaginé que
acabarían todos con terapia de por vida. Me alegré, por lo menos, de no ser
quien se lo tuvo que notificar esa noche. Ser el primero en decírselo es el
verdadero palo.
Martín-Moellendorf había
dejado viuda y dos hijos; un varón de veintisiete que trabajaba en banca de
inversión ‒cómo no‒ y
una mujer de veintitrés que estudiaba un posgrado de Historia del Arte en
Milán. Él estaba en ese momento con la madre, Pilar Riverola, además de una
hermana de ésta, en su residencia de Avenida de América. La hija todavía no
había llegado a Madrid, porque no la habían avisado inmediatamente, pensando en
cómo se lo dirían; por lo visto era el ojito derecho de papá, y temían cómo
pudiera tomarse la noticia estando sola y a mil quinientos kilómetros. De
hecho, cuando se lo dijeron sufrió una crisis nerviosa. En ese momento estaba
en pleno vuelo, hasta arriba de alprazolam. En un estado igual o peor estaba la
viuda; con quien pude hablar y me contó todo esto ‒algunas cosas las supe después‒ fue con el hijo, que estaba más sereno. Por lo menos
un poco. Estaban destrozados, como es natural, y eso que la información que les
habían dado sobre el estado del finado era incompleta, y desde luego no lo
habían visto, ni en persona ni en fotos ‒había
una identificación de la limpiadora, que se confirmaría con un cotejo del ADN
que el hijo iba a dar voluntariamente a la Científica‒. Pero ese mismo hecho, y lo que les habían contado
sobre las mutilaciones, habían convertido la noticia, un mazazo de por sí, en
algo insoportable e incomprensible. La señora Riverola tuvo que ser atendida
por una ambulancia del SAMUR en su domicilio, tras la comunicación de los
agentes de la Jefatura que se personaron allí.
El hijo parecía un hombre
inteligente y sensato, pese a la situación; escuchaba, en vez de gritar
exigiendo que rodaran cabezas, y se hacía cargo del procedimiento y del
calvario que iban a pasar. Aparte de darle mi «más sentido» pésame y decirle
que lo último que quería era molestarlos en ese momento tan doloroso, etc., le
comenté que era necesario hablar de ciertos temas relacionados con la
investigación, y que cuanto antes lo hiciéramos, mejor. Él lo entendió
perfectamente, pero me explicó que su madre no estaba para ir a ningún lado; le
contesté que sin problema, que iba yo a verlos, y me dijo que podía pasarme esa
misma tarde si quería. Así lo acordamos. Yo era el primer interesado en
quitarme el trámite de la familia lo antes posible.
Comenté algún detalle de otro
caso con Sanabria, que estaba con eso mientras esperaba que recibiéramos las
órdenes judiciales; ahora mismo no recuerdo lo que fue, pero tampoco importa
mucho. Su escritorio era el más cercano al mío y estábamos nosotros solos,
mientras Durán y Rodríguez se encargaban de sus tareas. Me había escuchado
hablar con Martín-Moellendorf hijo, y aprovechó para decir que no me envidiaba
en ese momento; yo le pregunté, medio en broma, si no quería ir él al domicilio
de la familia y me contestó que ni hablar, que prefería revisar una guía
telefónica entera antes que eso. Ya. Las familias. A nadie le gusta ocuparse de
las familias; ni a mí tampoco.
Continuará

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