APUNTES DEL INFRAMUNDO



Apuntes del inframundo | El Biblioverso. Fantasía, terror y ciencia ficción.
Apuntes del inframundo



Anotaciones hechas de pasada, fragmentos de un texto infinito sin comienzo ni final; memoria dispersa de aquello que rondó una vez la cabeza sin tiempo de echar raíces, probablemente para perderse sin remedio. Un cuaderno de notas que contiene apuntes rápidos, esbozos de historias, notas al pie de libros inexistentes, etc. Un work in progress que quizá pueda ser del interés de algún lector.

 
  
[12] Los rigores estivales no son muy propicios para los esfuerzos intelectuales, así que, cuando llegan estas fechas, dejo de lado mi programa de lecturas sistemático, estricto, planificado con bastante antelación y me permito hacer algo que no suelo hacer durante el “curso”: abandonarme a la literatura evasiva y leer por el solo placer de leer. No es que no disfrute leyendo el resto del año; no es que sea para mí un ejercicio de mortificación; pero no leo para disfrutar, sino con un propósito metódico y formativo que en ocasiones reporta grandes goces y otras muchas veces, en cambio, no. Sin embargo, nunca dejo una lectura programada, una vez empezada, por más insufrible que me resulte: ese libro “caerá”, con necesidad fatalista. Hago con la literatura como con la filosofía, mi otra dedicación: no leo lo que me apetece; leo lo que tengo que leer. Leo para enriquecerme, leo de forma ordenada y proyectada, y leo digámoslo así de forma profesional, como alguien que ha hecho de las letras su oficio y tiene que curtirse en mil batallas, todas las cuales, por cierto, es imposible ganar. A menudo uno sale derrotado, pero de ello también se aprende. Hay esfuerzo, sacrificio y disciplina en mi rutina. Y puede que sea un destino autoimpuesto, pero no por ello es menos destino; ¿o acaso no lo son todos, en cierto sentido?
No obstante, como todo aquello que se fuerza demasiado termina rompiéndose, el verano llega como la interrupción festiva hasta los rigurosos hebreos se dieron a sí mismos el sabbatque me permite liberarme de ese orden, improvisar, relajar la disciplina, que es necesaria, pero puede llegar a ser asfixiante. Así es como, tras unos nueve meses de lecturas casi ininterrumpidas y a veces harto fatigosas de los clásicos de las letras españolas (desde el Cantar de mío Cid hasta el romanticismo), me he permitido dos meses de evasión literaria por otros mundos. Esos mundos, para mí, cuando llegan estas fechas, son ante todo los de la ciencia ficción, la novela negra, la fantasía y el terror. O sea, eso que se acostumbra a llamar “literatura de género”. Y así he sustituido, en estos tórridos días en que la concentración y la lectura atenta se hacen tan difíciles, a don Juan Manuel, Quevedo o Espronceda por Andrzej Sapkowski, Agatha Christie, William Gibson, Lorenzo Silva y otros, entre los cuales está, por supuesto, el escritor que nunca puede faltar en mis vacaciones de verano, el autor de ficción al que más he leído y con el que siento una más estrecha afinidad, casi devoción: Philip K. Dick.
Curiosamente, excepto un libro de mi lista La espada del destino de Sapkowski, este verano todos los demás van a ser relecturas; es algo que de un tiempo a esta parte vengo haciendo cada vez más, tanto con la literatura como con la filosofía; de hecho, así ha sido con una buena parte de los clásicos españoles. Cuando se empieza a releer tanto, en vez de seguir leyendo ávidamente siempre cosas nuevas, es señal de que se ha llegado a cierto punto en la vida, a un “ecuador vital”. Pues bien, excepto ese segundo tomo de relatos de Geralt de Rivia, los demás libros ya los leí hace tiempo, mucho tiempo, décadas en la mayor parte de los casos. Algunos, estando en secundaria, o al poco de terminarla y entrar en la facultad. Diez negritos de Christie, o Neuromante de Gibson, o El espía que surgió del frío de Le Carré, o La niebla y la doncella de Silva, o un buen surtido de relatos de Lovecraft, R. E. Howard, Kafka y Borges, o Ubik de P. K. Dick, son lecturas que en su momento ya disfruté considerablemente y que dejaron su poso en mí, como lector y como escritor, y a las que ahora regreso como se regresa al hogar tras un larguísimo viaje. Títulos que no figuran entre eso que se llama la “alta literatura” excepto los relatos de Borges y Kafka, quizá, pero que son indudablemente buenos e inspiradores; obras de un incuestionable oficio de escritor y con un valor para amenizar las horas, para destensar la vida y para transmitir experiencia que es precisamente lo que piden estos meses de termómetro infernal. Refrescos para el alma, como el cuerpo tiene los suyos. Si a esto le sumamos la evocación de la adolescencia y de la primera juventud, que en estos meses veraniegos siempre parece que retorna con fuerza, resulta un cóctel maravilloso. Para mí, la mejor de las terrazas para disfrutar de la canícula. [15/07/2022]
 
 
[11] Si Kafka escribiera un relato sobre la sociedad actual, atenazada por una paranoia y una polarización política que se derivan, fundamentalmente, de la ausencia de todo proyecto común y de la incertidumbre ante unas terroríficas expectativas de futuro, le podría haber salido algo como esto:
Tenemos a doce jurados encerrados en una sala de deliberación de la que no pueden salir hasta haber dictado sentencia; pero no saben a quién se juzga, ni cuáles son los cargos, ni siquiera si ha habido un juicio o quién es el juez. Y cada día, un alguacil pasa por la sala y les pregunta si han resuelto ya; cuando intentan explicarle que no saben de qué va el asunto, que los han llevado allí una noche, sin explicaciones, y que están esperando a que se les informe, el alguacil les responde que mientras no tengan la sentencia seguirán allí recluidos hasta ponerse de acuerdo; pero que no tarden mucho, pues están comiendo del erario público y son una carga para el contribuyente. Y como no pueden resolver, no los dejan salir, y cada día les dan un poco menos de comida; y los años pasan, y van envejeciendo, enloqueciendo y muriendo, y ellos siguen sin saber por qué están allí.
Esto, naturalmente, si Kafka escribiera un relato al respecto; porque el bueno de Franz tenía sus rarezas, ya lo sabemos, y lo embargaban este tipo de obsesiones burocrático-metafísicas. [16/06/2022]
 
 
[10] El relato que cierra La historia de tu vida, de Ted Chiang, es quizá el más flojo desde un punto de vista literario, pero plantea una cuestión muy interesante.
En un futuro próximo se ha desarrollado una tecnología que permite inhibir a voluntad partes del cerebro, sin que ello afecte a su funcionamiento en ninguna otra área. De una de esas partes dependen nuestras respuestas emocionales ante la belleza de los demás; la forma en que ésta nos estimula o inhibe. "Apagando" esa zona cerebral, podríamos seguir sabiendo que una persona es atractiva, porque cumple una serie de condiciones formales perfectamente reconocibles. Pero no sentiríamos nada al contemplarla; nos afectaría tanto como mirar una mesa.
Pues bien, el relato está ambientado en un  futuro próximo en el que la siguiente oleada social y mediática contra la discriminación está centrada en el "aspectismo", esto es, el hecho de que hay individuos con mayor éxito sexual (y por tanto social y laboral) que otros, lo cual, se entiende, es discriminatorio hacia estos últimos. Y en EEUU se organiza una tremenda polémica, que se vuelve cuestión nacional (y justo ahí empieza el relato), cuando una universidad privada decide someter a votación la obligatoriedad de implementar esa tecnología entre todo su alumnado. El relato, en realidad, está planteado como un "documental" en el que se alternan las intervenciones de estudiantes, profesores, expertos, miembros de lobbies, representantes de diversas industrias, etc. Son muy instructivas las argumentaciones que se dan en favor y en contra de la aplicación de esa tecnología.
Una idea interesante, ciertamente. Porque, ya que ese melón parece abierto actualmente (la buena ciencia ficción siempre es una metáfora del presente), ¿cuáles son los límites de aquello que podemos llegar a considerar "discriminatorio"? Si se trata de reducir las diferencias de partida entre individuos para garantizarles igual de oportunidades, no cabe duda de que la belleza es un factor clave. Pero, como contrapartida, ¿a qué aspectos de nuestra vida estamos dispuestos a renunciar? Y sobre todo, ¿quiénes están dispuestos a hacerlo? Pues, si esa tecnología existiera hoy, parece bastante claro quién preferiría que se implantara y quién no. Y otra reflexión: cualquier cosa que hoy no sea discriminatoria, mañana sí puede serlo... y los moralistas, por hacer lo que hoy está bien visto, mañana te podrán linchar. Nunca se sabe. Lecciones recientes, las tenemos a puñados. Cuidémonos de tales moralistas. [26/05/2022]
 
 
[9] Un bar cutre, que huela a cocina casera, con mesas pequeñas, de las que invitan a conversar, o por lo menos una barra cómoda y bien surtida de tapas y raciones; donde no haya mucho ruido, pero tampoco tanto silencio como para que se pueda escuchar la conversación de al lado; con un camarero diligente, que no sea antipático, pero que no vaya de gracioso; donde el café lo sirvan en vaso (manías de madrileño) y se pueda pedir algo de comer a cualquier hora del día; si ponen música, me vale cualquier cosa, excepto reguetón y trap, y si hay un televisor, que no estén poniendo ni fútbol ni el canal 24 horas de TVE. Ése es mi pequeño paraíso terrenal; no le pido mucho más a la vida. De sitios así han salido mis más memorables conversaciones, mis más íntimas relaciones y hasta mis mejores libros. [06/04/2022]
 
 
[8] Cuando un genio señala la luna, los tontos miran el dedo. Vale. Una frase que se repite mucho. Pertinente. Ingeniosa. Pero la cuestión es si hay alguien señalando la luna. Eso es lo que frecuentemente falla. Pues que haya alguien señalando algo no significa que sea la luna. Y a veces conviene mirar el dedo, no vaya a ser que te esté intentando distraer de algo, como un vulgar trilero. A lo mejor no siempre hay que creer a los que extienden el dedo. Ni mucho menos tomarlos por genios. [19/03/2022]
 
 
[7] ESE EFÍMERO RESPLANDOR
 
A veces, en la más densa oscuridad de la noche
parece resplandecer la negra cuenca vacía
como alentada por una sonrisa
tendida al otro lado; como si algo cordial
tintineara en el tapete enredado de estrellas,
sólo por un momento, pero con intenciones eternas.
Entonces la soledad, agrio abismo que se abre
entre el yo y la propia alma,
duda de sí misma y se siente llena de todas las cosas;
resuena en ese segundo de plata con un universo
que ya no se ve tan lejano, que parecen acariciar
las yemas de los dedos, como si pudieran
apresar todavía los años inocentes,
cuando uno era protagonista de comedias risueñas,
y no figurante de un vano drama;
cuando la risa y la sorpresa reinaban en
los fugaces días. El vivir se aligera
con ese efímero resplandor, se infla
como un globo caliente que asciende ansioso
para enfrentarse al suave horizonte infinito;
y luego, oh, luego, el sueño de lo cotidiano
cubre de nuevo los párpados cansados y todo regresa
a la dura calma de esta mecánica cuenta atrás. 
[11/02/2022]
 
 
[6] Clave hermenéutica de la crítica cultural y artística actual, también conocida como Inquisición 2.0: déjame echar un vistazo a los antecedentes penales de un autor (especialmente por si hay algo sexual o alguna locura de juventud) y ponme al día de cualquier chascarrillo, cierto o no, sobre su moralidad o su posición política, y te diré si su obra es artísticamente buena o mala. Pues la "calidad" ya no es más que la traducción, en términos de mercado, de una serie de factores morales: los de un puritanismo neovictoriano (¡si al menos fuera algo más elevado!) que reza al Dios de la "corrección política" y encuentra en los censores de la cultura de masas a sus nuevos sacerdotes. [14/01/2022]
 
 
[5] La literatura, para mí ¿cómo no iba a ser así?, mantiene una estrecha proximidad con la filosofía; lo que una muestra en forma de metáforas, la otra lo hace mediante conceptos. A veces (p. ej., en Nietzsche, Thomas Mann, Herman Hesse o Albert Camus) puede llegar a ser muy difícil saber dónde empieza una y termina la otra. Ambas, sin duda, cuando son lo que tienen que ser, y no vulgares sucedáneos, hacen pensar, contribuyen decisivamente a expandir la consciencia y a forjar la subjetividad. Gracias a ellas, en gran medida, podemos “devenir yo mismo”, lo cual, irónicamente, sólo se puede conseguir a través de otro, en el diálogo silencioso que sostenemos, a través del tiempo, con el escritor o el pensador. Se trata, siempre, de una fuente de experiencia compartida tanto o más necesaria hoy que nunca, en estos tiempos de exaltación esquizoide del yo atomizado, tanto más aislado cuanto más acceso tiene a la información. Y no hay más: ni la auténtica literatura ni la filosofía poseen fines ajenos a esto ni, por supuesto, han sido jamás mero solaz o entretenimiento, como suele entenderse lo que hoy se publica y vende como “narrativa”. Lecturas insulsas que no enriquecen; que sólo sirven, de hecho, para no pensar en otra cosa. Pero en el extremo opuesto sigue estando el pensamiento escrito y trasmitido intergeneracionalmente, los libros que verdaderamente te cambian. Hay un antes y un después de encontrarse con ellos. En eso consisten los “clásicos” (ya tengan veinticinco siglos o cincuenta años): esos textos que estaban ahí “esperándote”, que eran tu destino, porque te transforman decisivamente, en pensamiento, sentimiento y voluntad. Los textos que te reescriben. [19/12/2021]
 
 
[4] A propósito de la comparación que he hecho en algún otro lugar entre la escritura y la alquimia, ciertamente la primera es el arte de manejar símbolos los “reactivos”, siempre dados por una tradición cultural mediante los cuales el operante se introduce en el océano del sentido y somete el propio yo a la acción del espíritu (lo que podríamos entender como el “inconsciente colectivo”, que es también una herencia común, algo fuera de nuestra mente, no dentro de ella). El uso de personajes, entretejidos en la red narrativa, le hace posible el acceso consciente y más o menos controlado al propio psicodrama universal en el que él mismo, por supuesto, participa. El verdadero talento consiste en saber llegar lejos en ese reino simbólico; en utilizar los instrumentos narrativo-conceptuales adecuados para alcanzar las profundidades del espíritu. El verdadero genio radica, por el contrario, en no perderse allí y encontrar el camino de regreso; en volver con algo ganado y, no obstante, conservando la propia individualidad. En suma, en realizar el viaje de la particularidad a lo universal, y de ésta a una nueva y renovada particularidad. El lector puede después acompañar al escritor en este viaje, como un Dante siguiendo a su Virgilio, y atisbar lo que aquél le muestra. Pero el viaje ya se ha hecho antes, y en solitario. Siempre en soledad. [9/11/2021]
 
 
[3] Lo que estás leyendo en un momento dado tiñe inevitablemente lo que escribes; no sólo las lecturas acumuladas en el tiempo, sino todo lo que leas ese mismo día, el libro con el que llevas unas semanas, unas páginas ojeadas esa misma mañana, etc., dejan marcas en tus palabras, abren surcos por los que fluye tu texto. Una prosa densa, pausada y rica en descripciones espesará la propia, así como otra más ágil, sanguínea e inquieta hará vibrar las frases que se recortan en la mente como relámpagos arrancados a la nada. Pero esa “nada” no es tal es “algo”, pues se trata de los confines umbrosos de la propia mente, esas zonas inconscientes que son como el mantillo donde todo germina; y sobre esas zonas, las diferentes lecturas proyectan tenues rayos de luz que permiten entrever profundos rincones y pasadizos desconocidos; comprenderse un poco mejor, ser un ápice más dueño de uno mismo. En rigor, sólo hay un texto, del que cada pasaje, cada relato o poema, cada novela o ensayo, son únicamente fragmentos. Y todos esos fragmentos del metatexto están conectados entre sí, como puentes que unifican los rincones de la mente humana, que en cierto modo también es sólo una, fragmentada en individuos que, en lo que tienen de tales, se desconocen a sí mismos. La literatura es un atisbo del espíritu, de la sustancia que nos une, y por eso no podemos ser ajenos a otras voces cuyos ecos hablan dentro de nosotros mismos y nos recuerdan que somos más de lo que creemos. [23/10/2021]
 
 
[2] DIVINAS SOMBRAS
 
¿Adónde huyeron los dioses, voces inmortales
que susurraban en la noche de la conciencia?
¿En qué ignoto rincón de la tierra, en qué ángulo
del firmamento se cobijan tan magníficos seres?
 
Si es verdad que sólo toleran la vida en torno a sí,
si no son los ecos de una humanidad balbuciente
en el lejano amanecer del mundo, no ha de ser
posible matarlos; el dios no muere, sino los pueblos
que creían en él, agotados por la carrera de los siglos.
 
Pero los númenes perduran, y devuelven quizá
una fatídica carcajada, tal vez un irisado llanto,
y aguardan… y aguardan, porque la eternidad
está hecha de paciencia, incluso la de los soberbios
niños que juegan y ríen con efímeros universos.
 
Mas, ¿acaso es cierta su inextinguible vida? ¿Tenía
razón el melancólico paseante? ¿No fue el títere
quien creó a su titiritero? Yo no puedo saberlo,
pero concibo que puedan persistir de algún modo
al amparo del tiempo, el impasible Destructor.
 
Éste sabe sólo devorar sus propios frutos. ¿Lo son?
Me es imposible saberlo, ¿y a quién no?, pero sí sé
que, de existir, no serían como somos tú y yo,
como son la piedra o la nube, el jilguero y su rama,
como son la adusta montaña y el viejo templo.
 
Su sustancia sería muy otra, pese a haber sido
encerrados por nuestros abuelos en esas estrechas
formas, en tan toscos cuerpos; ellos no disponían
de las palabras adecuadas: sus labios modelaban
sólo el asombro y el miedo, el amor y el odio.
 
No, no alcanzamos ni a imaginarlos; si han de existir,
no descartes que estén tras unos ojos que te miran
con alegría, o en el llanto de un niño, o en el descanso
inquieto de una noche estival; finos hilos de plata
que entretejen las almas, la carne y los sueños.
 
El vínculo del género humano con la vibrante vida
del cosmos rebosante; voces con nuestros acentos que,
no obstante, entonan una eterna canción primordial,
imposible de componer por ningún poeta; totalidad
quebrada que ansía restañar la cruda herida del ser.
 
Salmos que no llegan de fuera, sino de un adentro
tan profundo y terrible como el batiente océano,
oleaje restallando contra broncíneos acantilados que
apenas sabemos o queremos ya escuchar; olvidada
ha sido la muda lengua del mar del espíritu.
 
Hasta recordarla, seguiremos huérfanos, hueste
expósita lenta y torpe en decidir lo que quiere para
cuando alcance su plenitud. ¿Qué luz nos guiará
en la acerba, inacabable noche sin luna ni estrellas?
[18/09/2021]
 
 
[1] En mí hay un yo que trabaja y hace la compra, que se relaciona con amigos y compañeros, conocidos y familiares; que ve la tele y escucha música y sale por ahí, y a veces se emborracha o viaja o hace algo que rompe la rutina cotidiana; que va al médico y paga impuestos y ocasionalmente tiene que llevar el coche al taller o llamar al seguro de hogar; un yo como cualquier otro, con las mismas preocupaciones y anhelos que los demás, tan anodino e insignificante como en el fondo lo es todo el mundo. Y hay un yo que escribe. Un yo que es soledad pura, que vive enrocado en sí mismo y que no tiene nada que ver con el anterior. O, en realidad, sí, porque vive en él, es él, y desde luego se nutre de él; podría decirse que lo parasita, que se alimenta de sus experiencias y las usa como material para elaborar lo que escribe. Pero no pertenece al mismo mundo, está en otro lugar, y nunca coinciden a la vez: o está el uno o el otro. Saben de sus mutuas existencias, claro, pero no están nunca en el mismo tiempo y lugar, y ni siquiera parecen llevarse muy bien. Al parecer, sus intereses y necesidades van por muy distintos caminos, y hasta puede que sean incompatibles entre sí.
El segundo contempla el mundo desde lejos, con cierta indiferencia, como a través de un cristal que lo tiñe o deforma de cierta peculiar forma; lo observa desde una idealidad desconectada de lo inmediato, de las personas y cosas que forman la vida del primero; su mundo es otro, uno eterno e inmaterial, el abismo al que pertenecen las obras inmortales del espíritu, en el que Homero o Shakespeare, Velázquez o Mozart, Platón o Einstein, son simultáneos y constantemente dialogan entre sí, en una misma lengua, bajo la idéntica luz del Espíritu. Necesita al primer yo, que es como su medium; pero lo trasciende, no se identifica con él, y por eso éste nunca podría explicar, de palabra (uno siempre habla, el otro siempre escribe), lo que aquél hace, qué es lo que pretende o cómo trata de realizarlo. Y, a la inversa, el Yo no entiende las pequeñeces y miserias del yo, los estrechos límites de su existencia, su mezquindad y la poca altura de sus miras. Sin embargo, no cabe duda, el yo podría existir sin el Yo, pero nunca a la inversa. El Yo es una carga terrible. Una meta-subjetividad que expolia la vida misma. Pero tiene algo bueno, algo grande: un propósito que va más allá de la particularidad de su anfitrión y que se eleva hacia algo universal con lo que éste ni siquiera sabría soñar. [02/09/2021]
 
 



El Onirium
Tres relatos fantásticos

El Onirium. Tres relatos fantásticos | Por D. D. Puche.
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Tres relatos del género fantástico, pero de muy diferentes estilos. El primero, El Onirium, que da título al libro, es una pieza de terror teológico que desarrolla ideas ya esbozadas en anteriores relatos. El segundo, Los niños perdidos, es un cuento de fantasía heroica en el que retomo las andanzas de Galadhor de Castelia, personaje también aparecido previamente en mis libros. Cierra la trilogía Recuerdos del Alquimista, que aúna la fantasía contemporánea con el noir y se ambienta en el mundo de los Caídos ya presentado en dos de mis novelas.


D. D. Puche
Grimald Libros
Relatos
(Fantasía, terror, fantasía heroica, noir)
207 páginas


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