RODRIC EL MALDITO



¡Ding, dong! Un retorcido cuento navideño (2 de 2) | El Biblioverso. Narrativa de fantasía, terror y ciencia ficción.
Rodric el Maldito

Narrativa | Fantasía
Descubre el pasado mítico del mundo de los caídos con esta historia ambientada en la Hispania visigótica del siglo VII. Una oscura época germánico-cristiana llena de seres sobrenaturales, en la que aún perviven los recuerdos del viejo Imperio romano.
 
 
 
D.&D. Puche
© 15/1/2023 El Biblioverso
 
 
Parte I de VI 
 

Cuando el siniestro hechicero Bertrand de Peñarroja secuestra a Erwinth, la hija del duque Heinrick, y todo otro intento de liberarla termina en desastre, un enigmático viajero, Rodric de Daura, se ofrece como voluntario para traer a la joven de vuelta, así como la cabeza del infame hechicero. Un relato del Mithologium de Balada de los caídos.

 
 
Habéis de saber que corría el siglo VII desde la muerte de Nuestro Señor, aunque el tiempo, en aquel entonces, aún no se medía según esta escala; todavía se contaba en relación con las dinastías y los reyes, y el rey del Regnum Hispaniae, en ese preciso momento, era Gundemar, cuyo reinado sería efímero. Pero eso no viene al caso. La cuestión que nos ocupa es que era Heinrick, al que llamaban el Justo, el señor del ducado de Pallantia, al norte del reino; pero, como suele pasar seguramente porque así somos puestos a prueba por Él, toda su justicia no pudo impedir que le ocurriera una gran desgracia.
Tenía Heinrick una hija bellísima, y más virtuosa aún, llamada Erwinth, doncella cuyo matrimonio estaba arreglado en fechas próximas con el heredero de Ludowick, duque de Ampudia. Pero la calamidad y el oprobio cayeron sobre su casa cuando el orgullo de Heinrick fue secuestrado, una noche sin luna, por un infame hombre conocido como Bertrand de Peñarroja, o también como Bertrand de Tibiarroja, por las artes oscuras que se decía que practicaba con osamentas humanas desenterradas de los camposantos.
 
 
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Bertrand era el hijo menor de un pequeño barón arruinado, y debido al orden de nacimiento, se había visto completamente desposeído de herencia alguna y su destino fue ordenarse monje. Mas no duraría mucho en la Orden de Valdespina, la pequeña y breve obediencia fundada a imitación de la benedictina; en su monasterio, decían las malas lenguas, Bertrand dio con antiguos grimorios que dieron a su alma envenenada los medios para encauzar el resentimiento con el que se había ordenado religioso. Así, tras ser expulsado por un turbio suceso que nunca terminó de aclararse, se dedicó en cuerpo y alma a la práctica de la magia, a pesar de la prohibición expresa bajo pena de muerte de tales artes sacrílegas en todo el reino. Su padre y sus tres hermanos mayores, dos varones y una mujer, no tardaron en morir en circunstancias no menos extrañas que las de su expulsión del monasterio, de modo que poco después se vio en posesión de título, castillo y servidumbre; y aunque arruinado, ya podía decir que pertenecía a la nobleza de la región. Ésta, no obstante, siempre lo miró por encima del hombro, como al advenedizo que era.
La noche del rapto de Erwinth había luna nueva, y al amparo de esa noche cerrada y sin estrellas pues densas nubes se juntaron ese atardecer sin previo aviso, el infausto Bertrand se las arregló para penetrar en el castillo y llevársela sin ser advertido por la guardia. Cómo lo hizo, resultó ser todo un misterio, pues las escaleras y pasillos que conducían a sus aposentos estaban vigilados por numerosos hombres armados de la más estrecha confianza del duque. Todos negaron haber visto u oído nada fuera de lo habitual, y la investigación realizada por el capitán de la guardia rechazó pronto la traición o el soborno.


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Lo único seguro era que la doncella no estaba en su dormitorio; que las ropas de cama estaban desechas y había un fuerte olor a azufre; que Ifegeny, su dama de compañía y a la postre su prima hermana, que dormía en la pieza de al lado, decía haber dormido a pierna suelta toda la noche, y estaba visiblemente afectada por la desaparición de su señora, familiar y amiga, de la que como confidente íntima que era negó, bajo fuertes amenazas del duque y ante Dios todopoderoso, que tuviera ningún propósito o motivo para escaparse, pues esperaba deseosa el día de sus nupcias; y lo último seguro era que bajo el alto balcón de la joven desaparecida no se encontró su cadáver, como sería el caso si hubiera saltado o caído por accidente. Así pues, nada en limpio. Pero, por supuesto, su secuestrador no había salido aunque hubiera conseguido entrar con ella por las puertas del castillo, atravesando varias líneas de hombres del duque, de modo que no había explicación plausible para tan extraña y trágica desaparición.
No obstante, aunque nadie en el castillo viera nada, campesinos de las inmediaciones sí dijeron haber presenciado un fenómeno extraño, incluso diríase que mágico. Sostenían que escucharon horribles bramidos en el cielo y que divisaron algo, difícil de precisar, por ser una noche cerrada y oscura como pelo de cabra; pero, aunque al principio les pareció una gran ave, enseguida advirtieron que nada tenía de tal, sino que más bien se asemejaba a un horrible hombre cornudo, con alas de murciélago, que llevaba un bulto blanco aferrado entre sus brazos que podría ser una muchacha. Los que contaron esta historia fueron coherentes en sus versiones, y todos ellos estaban muy asustados y no dejaban de santiguarse. La historia pronto se propagó y cundió un gran temor entre la gente de aquellas tierras. En el propio castillo no sabían si creer a los campesinos, supersticiosos y estúpidos, pero lo cierto es que una versión insólita era mejor que ninguna; y el confesor del duque, el padre Arminio, enseguida apoyó la tesis de una intervención demoníaca. El Enemigo arremetía contra lo más querido por el duque, precisamente por ser éste un hombre de creencias acreditadas e inamovibles. El obispo de Astúrica fue inmediatamente informado y envió un legado para investigar lo acaecido. Era el momento de la firmeza en la fe y, cómo no, de la férrea sujeción a la Santa Madre Iglesia.

 
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Pero antes de la llegada del legado obispal, se halló la respuesta del misterio. Vino al castillo un emisario con un mensaje para Heinrick. En su salón, donde éste se sentaba al lado de la duquesa Olbriana, y ante muchos de sus principales vasallos, y en presencia de su mayordomo, su confesor y el capitán de su guardia personal, aquel hombre vestido con una cota de malla negra hizo una reverencia que tuvo algo de burlesco; y con gesto sardónico y mirando insolentemente a los ojos del duque, dijo que lo enviaba su señor, el barón de Peñarroja, el cual ahora acogía en su castillo a Erwinth, la hija del duque, con todos los honores que dama de tan alta alcurnia merecía; y que ordenaba que se hicieran las diligencias para anular su próxima boda con el hijo del duque de Ampudia y se arreglara en su lugar el casamiento con el barón, que sería mucho mejor esposo para ella. En caso de que Heinrick no respondiera positivamente a sus requerimientos en el plazo de un mes, el barón organizaría una boda por sí mismo, y los duques de Pallantia no volverían a ver a su hija.
La indignación creciente estalló en el salón con estas últimas palabras, y los gritos de los presentes preguntando cómo se la habían llevado, exigiendo su devolución o pidiendo la cabeza del barón y la de su descarado enviado se unieron al desenvainar de espadas del capitán de la guardia y del mayordomo, así como a las admoniciones religiosas del padre Arminio. Pero el duque, con rostro lívido y expresión derrotada, temeroso por su hija, hizo callar a todos y envainar las espadas, y le dijo al emisario que el barón tendría su respuesta en el plazo de unos días. Y así, con la misma irreverencia con que había venido, el aciago mensajero se despidió y abandonó el apesadumbrado salón.
 
 
 
 
  
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