SIGUE AL INSPECTOR ROBERTO AJENJO EN SU INVESTIGACIÓN POR EL MADRID MÁS OSCURO Y SÓRDIDO
El abismo que te mira
Noir & terror | Novela por entregas
Por D. D. PUCHE
Publicado en 21/1/2026
«Y cuando miras demasiado a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».
Friedrich W. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, §146.
Friedrich W. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, §146.
6
[Lee el capítulo 1] A la mañana siguiente, tras
un atropellado desayuno ‒no dejaba de repetirle a Lucía que se preparara
mientras intentaba untarme unas tostadas‒,
me acerqué a dejar a la niña en el colegio, camino del trabajo. Ana no podía, a
causa del suyo: esa mañana le tocaba abrir la agencia, ubicada en Vallecas, así
que me tocó a mí. Me despedí de mi pequeña frente a la puerta, sin bajarme del
coche, porque a ella ya le gustaba entrar sola y que no la vieran con su padre.
Y sólo tenía nueve años… Cada generación finge esa independencia más temprano
que la anterior, y eso que cada vez son, de hecho, más dependientes. Me quedé
un momento viendo cómo se alejaba entre el río de niños que entraban los
minutos antes de que tocara el timbre; en la verja se encontró con dos amigas y
se metieron juntas, riendo y charlando, ignorantes de cómo es el mundo
realmente.
Cuando mis no del todo
irracionales miedos de padre me lo permitieron, puse el motor en marcha y
conduje hasta la autovía; entonces tuve que comerme de nuevo el tráfico que
había por las obras, tiempo que eché escuchando la radio. El Locutor Colérico
estaba despotricando contra el gobierno de entonces, como siempre, exagerando
cada nimiedad y cada defecto que tenía ‒y
ciertamente tenía muchos‒, e inventándose toda clase de barbaridades y
patrañas. Ese hombre debía de tener una úlcera de estómago del tamaño de
Cuenca; era imposible mantener esa actividad de descalificación y odio cada
día, ininterrumpidamente, durante años, y que ello no terminara teniendo
efectos fisiológicos. Y, en efecto, así terminó, el pobre… Supongo que a los
oyentes de su misa radiofónica diaria les daba lo que necesitaban para empezar
el día con ganas: su buena ración de veneno e inquina, para poder discutir
desde por la mañana mientras tomaban el café con los compañeros del curro. Por
lo que a mí respecta, no era uno de ellos; más bien al contrario, políticamente
siempre me he considerado progresista. Un poli puede serlo, ¿quién dice que no?
Hay demasiados tópicos al respecto. ¿Por qué me hacía daño a mí mismo,
entonces, escuchando al Maniático de las Ondas? Bueno, tampoco es que me lo
hiciera; hay que escuchar a todas las partes para formarse una idea cabal de lo
que ocurre, aunque sea contrastando lo que unos y otros no dicen. Algo
parecido, en realidad, a un interrogatorio policial, sólo que más pasivo.
Además, era un revulsivo: a otros les daría munición ideológica, pero para mí
era simplemente como tomar pastillas de cafeína. Me abría los ojos por la
mañana.
Llegué a Canillas algo tarde
y los demás ya estaban allí, pero vaya, no es un trabajo de fichar. Al final
siempre echas más horas de las que deberías; si entras más tarde, saldrás más
tarde. Aun así, me disculpé porque la reunión de la mañana no podía empezar sin
mí, y no me gustaba tener a la gente esperando. No les importó demasiado: Durán
y Rodríguez estaban comentando el partido de la Champions de la noche anterior,
y Sanabria estaba delante de su ordenador, bebiéndose un café, con la atención
dividida entre la pantalla y la conversación de los otros. Tras las disculpas,
y tras servirme también un café, empezamos la reunión de trabajo del día. Había
que repasar en qué punto lo habíamos dejado todo y la estrategia para continuar
esa jornada. La próxima vez que hablara con Prats, tenía que dejarle muy claro
cada paso que dábamos. Sabía que lo iba a tener encima como una mosca cojonera.
‒Bueno, a ver cuánto hemos avanzado ‒comencé‒.
Ayer me tiré hasta la cinco interrogando a los del bufete; no es que les haya
sacado nada importante, pero sí alguna idea más o menos interesante.
‒Sí, ya hemos visto lo que anotaste en el tablón ‒dijo Sanabria, señalándolo
con un rotulador.
‒Pequeñas cosas que hay que hacer cuadrar ‒respondí con un gesto asertivo‒. En el bufete se trabaja hasta tarde habitualmente,
pero ese día no: la víctima, de forma inusual, mandó a casa a todos los que
estaban allí. Eso fue justo antes de las ocho.
‒Hostias… ‒dijo
Sanabria.
‒Esperaba a su asesino ‒señaló Durán.
‒Eso parece. Al socio, Echegaray, que no estuvo ese día
en el bufete, le extraña que la víctima hiciera eso. Por lo demás, todos
coinciden en que parecía normal los días anteriores; nadie advirtió que
ocurriera nada fuera de lo habitual. Faltaron dos de ellos, ayer, de los cuales
uno sí estuvo esa tarde. No creo que vayan a aportar nada nuevo, pero tendré
que hablar con ellos también, claro. A ver si consigo hacerlo hoy, o mañana.
Pero esto es lo más relevante: la víctima había hecho insonorizar los despachos
de él y de su socio hace cosa de un año. Pudiera ser que el asesino estuviera
al tanto del hecho y se sirviera de ello para hacer la escabechina. Habría que
ver quién sabía lo de esa insonorización. Es un criterio muy vago, ni siquiera
sé muy bien cómo delimitarlo, porque aparte de los del bufete y los
contratistas, podría habérselo contado a cualquier cliente; pero tal vez pueda
servirnos para descartar sospechosos. De hecho, si tenemos en cuenta que la
víctima quiso quedarse sola con su asesino, creo que podemos descartar
definitivamente que se tratara de un descontento vengativo o de un chalado. Y
si no quería que nadie del bufete viera al visitante… ¿quizá se trate de algún
pez gordo?
‒Pero sería un pez gordo del que no quería que su socio
o sus empleados supieran que había estado allí ‒apuntó Rodríguez‒. ¿Por qué motivo?
Me encogí de hombros.
‒Ésa es la cuestión. ¿Trapos sucios del propio
Moellendorf? ¿Cosas que no quería que conociera ni su gente, que de hecho se
dedica a lavar trapos sucios?
‒Volvemos a lo de las mafias, entonces ‒dijo Durán.
‒Y, sin embargo, lo citó en su despacho, cuando podrían
haberse visto en cualquier otro lugar ‒replicó Sanabria.
‒En efecto. ¿Quería la seguridad de un lugar
insonorizado por él mismo? ¿Temía escuchas, y no se fiaba de otro sitio?
‒Alguien demasiado sucio hasta para ese bufete,
entonces ‒concluyó Sanabria‒.
¿Quiso jugársela y le salió mal?
‒¿Y si citarlo en el despacho no era tanto para no ser
escuchado como para poder grabarlo? ‒propuso
Rodríguez‒. Quizá deberíamos cerciorarnos de que no hay equipos
de grabación.
‒Sí, no es mala idea… Cómo se nota que estás a tope con
el tema de las grabaciones ‒bromeé‒. No vimos nada de eso al registrar el lugar, pero
claro, no estábamos buscando equipos ocultos. Buscábamos huellas del asesino,
no los juguetes de la víctima. Puede habérsenos pasado.
‒Hoy en día, esos aparatos son increíblemente pequeños.
Pueden estar ocultos en cualquier sitio y nunca los verías a simple vista ‒explicó Rodríguez‒.
El marco de un cuadro, una planta, el muñeco de arcilla que te ha hecho el nene
en clase de plástica…
‒Tendremos que volver allí con los técnicos. Voy a ir
solicitándolo ‒contesté‒.
Es una buena idea, Rodríguez.
Se limitó a asentir en
silencio.
‒¿En cuanto al edificio? ‒pregunté, dirigiéndome a
Sanabria, aunque yo ya sabía la respuesta.
‒Nada de nada ‒contestó,
mirando a los otros con su jarra de café en la mano‒. Los vecinos y trabajadores del inmueble están tan
consternados como sorprendidos. No vieron nada, no oyeron nada, no saben nada…
Por ahí no vamos a obtener ninguna pista.
‒Pues yo con las cámaras de la calle, de momento, estoy
empezando ‒dijo Rodríguez‒.
Me he pasado por los negocios de ese tramo de la calle: un banco, una
inmobiliaria, una peluquería… y varios más; también hay un par de cafeterías,
pero ésas no tienen cámaras, por no mencionar que varios de los locales tienen
hecha la instalación, pero no funciona; es meramente disuasoria. Pero al menos
los que sí tienen cámaras operativas no me han puesto problema y nos dejan los
discos duros. Están deseando colaborar en un caso con tanta resonancia. Eso sí,
son cuatro o cinco, no más… Hoy tengo que pasarme a recoger los que me faltan.
En fin, ayer me estuve viendo el primer par; me remonté varias horas atrás, por
si el asesino hubiera estado rondando por las inmediaciones antes de entrar.
Pero no he visto a nadie que parezca sospechoso: es gente que pasa por ahí,
clientes de los establecimientos, niños, viejos, vecinos sacando al perro… Nada
llamativo.
‒Es como buscar una aguja en un pajar, pero hay que
hacerlo ‒le dije‒.
Sigue buscando.
‒Claro.
‒¿Y tú, Durán? ¿Cómo va lo de la escritura del rostro
de la víctima? ¿Has dado con alguien que nos la aclare?
‒Todavía no; ayer eché el día en balde en la
universidad. A ver si hoy me cunde más. Estuve viendo en qué departamento de la
Complutense se encargan de este tipo de lenguas, que es el de Filología
Clásica, así que los llamé, expliqué la situación por encima a una secretaria,
que me dijo que sí, que creía que allí podrían ayudarme, y me planté en la
facultad. Está justo enfrente de Derecho, donde estudié yo.
‒Qué tiempos, ¿eh? ¿Te pusiste nostálgica?
‒Pues no te vayas a creer; no echaba de menos aquel
sitio tanto como hubiera pensado. La universidad se idealiza mucho. El caso es
que doy con la secretaría y me lleva al despacho del director del departamento,
pero en ese momento estaba reunido con el decano; así que le digo que necesito
hablar con él lo antes posible, que a ver si me lo puede sacar del decanato; y
cuando vuelve me dice que sí, que sale en un momento. Y el momento fue una puta
media hora que estuve esperándolo en la salita. Al menos la secretaria me trajo
un café, mira… Y cuando al fin llega el director del departamento, que no os lo
vais a creer, pero vestía de pajarita y pana, como salido de una peli de Paco
Martínez Soria, me pregunta que si llevo mucho esperando. O sea… ‒Durán hacía gestos muy expresivos mientras hablaba, y
los demás nos reímos; era muy graciosa contando historias‒. Y le dije: «media hora», y lo miré con cara de
circunstancias, pero vaya, que esos tíos viven en una dimensión en la que el
tiempo no corre; en su mundo de pergaminos y polillas.
‒No, me da que la universidad no tuvo que ser lo tuyo,
Bea ‒le dijo Sanabria.
‒Prefiero el mundo real, gracias. Ya me embalsamarán
cuando me muera, pero no antes.
‒¡Jo, jo, jo! ‒se
rio Rodríguez.
‒Bueno, pues le explico lo que me lleva allí, el tipo
se digna a mirar las fotos que le enseño, poniéndose sus gafitas, y de repente
se me pone lívido y dice: «oiga, ¿por qué no me advirtió de que me iba a
mostrar algo tan desagradable?», y yo pensaba «pero hombre, ¿qué cojones
esperabas después del relato que acabo de contarte? ¿Una playmate?»
Rodríguez se partía de risa.
‒Coño, Bea, podrías haberle llevado las ampliaciones
del texto, ¿no? ‒le dije.
‒¿Y qué crees que le enseñé? Si le muestro las
originales, se me muere el hombre. Total, que después de mirarlas un poco y
hacer aspavientos, me dice que, en efecto, es una escritura cuneiforme, como
pensábamos; así que le pregunto qué es lo que dice y me contesta que ni idea,
que él es catedrático de griego y que no conoce esa escritura, más allá de
poder reconocerla. Y que allí no van a poder ayudarme, porque se ocupan de
lenguas clásicas indoeuropeas y ese tipo de escritura no es de su rama.
‒¿Entonces? ‒pregunté.
‒Pues nada, que allí en la universidad no hay
especialistas en cuneiforme, que además, según me dijo, no es una lengua, sino
un sistema de escritura que han usado varias lenguas distintas, así que ni
siquiera eso podía determinar.
‒Estamos bien ‒dijo
Sanabria.
‒¿Y dónde hay especialistas en cuneiforme? ‒pregunté yo.
‒Me ha dicho que vaya al CSIC, al… ‒miró la dirección que había anotado en su libreta‒ Instituto de Lenguas y Culturas del
Mediterráneo y Oriente Próximo, Departamento de Estudios de Próximo Oriente
Antiguo. Me ha dado el nombre de una investigadora, la Dra. Castro Ulloa, a la
que conoce, y que según él me podrá ayudar; ella me dirá si es sumerio, acadio, persa antiguo o lo que sea, y
seguramente podrá traducirlo. He llamado al Instituto y al final he conseguido
hablar con ella; tengo una cita para mañana.
‒¿Dónde queda eso? ‒pregunté.
‒No coge lejos de aquí, está por Simancas.
‒Vale. Pues nada, ya nos contarás cómo te va con los
académicos.
‒Ya os diré.
‒En realidad ‒continué‒, seguimos sin tener nada sólido, por lo menos hasta
que lleguen los resultados del laboratorio y de la autopsia. A ver qué
averiguamos acerca de esas inscripciones en la víctima. Quizá nos digan algo
sobre el móvil del asesinato.
‒Es la parte que más choca con la hipótesis del crimen
organizado ‒dijo Sanabria‒.
Todavía si fuera cirílico o sinogramas, podríamos pensar que fuera un mensaje
de los rusos o los orientales. Pero, ¿cuneiforme? ¿Quién coño escribe en eso
hoy en día?
‒Sí, resulta extraño enviar un mensaje que nadie puede
leer ‒añadió Rodríguez‒.
¿A quién se lo envían?
‒Ya, es una zona de oscuridad que habrá que aclarar ‒respondí‒.
Lo que diga el texto será clave para eso. Quizá ni siquiera sea un texto de
verdad; lo mismo no significa nada, y el asesino lo hizo para despistar. Quizá
todo lo que dejó allí no sea más que una brutal puesta en escena para alejarnos
del buen camino.
‒Demasiado salvaje e innecesario, ¿no? ‒opinó Durán.
‒Pues sí. Pero en este caso todo es raro.
‒A propósito de los resultados del laboratorio,
¿sabemos cuándo tendremos algo? ‒preguntó Sanabria.
‒Todavía no; es pronto. Ya sabes, antes de tres días,
nada. Uriarte habrá hecho ya la autopsia; estaba hasta arriba, pero a ésta le
iban a dar prioridad, claro, así que la habrá colado en la lista. Pero una vez
hecha, tiene que redactar el informe, y eso también lleva su tiempo. A ver si
tengo los preliminares esta misma tarde, aunque sea. Nos dará algo más jugoso
que morder.
‒¿Por dónde tiramos de momento, entonces? ¿Cubrimos el
entorno? ¿Familia, trabajo? ‒preguntó
Sanabria de nuevo, metódicamente.
‒Sí, vamos a empezar por ahí hasta que tengamos toda la
información de la escena del crimen. Ah, y espera que anote lo de llamar a los
de la Científica para pasarnos a buscar escuchas en el despacho… ‒dije, garrapateándolo en un pósit para no olvidarme;
tenía la mesa llena de ellos, porque son mil cosas las que hay que tener en la
cabeza‒. A ver, tenemos que hablar con la familia, aunque
sólo sea rutina. Las preguntas de rigor: qué sabían de negocios, deudas,
amenazas y demás; no creo que por ahí salga nada, pero bueno. Hay que conseguir una orden para investigar los asuntos
que llevaba en el bufete, porque Echegaray dijo que nanay. Y ya que estamos,
una orden para investigar sus cuentas, a ver si tenía algo sucio escondido.
Esto creo que puede ser más interesante. También tengo que hablar con los dos
abogados que me faltan… sí… Y convendría preguntar a gente del mundillo, que
sepa de abogados y grandes pleitos, de vínculos entre el derecho empresarial y
la política, etcétera. Qué enemigos podría tener Moellendorf, y todo eso.
‒¿Qué hacemos primero? ‒quiso saber Sanabria, que en ese momento era el que no tenía tarea
asignada.
Tamborileé con el boli sobre
mis notas, leyéndolas mientras pensaba en voz alta sobre la agenda del día:
‒Rodríguez sigue con las grabaciones de seguridad…
Durán va mañana al CSIC… De los abogados que faltan me encargo yo, pero eso lo
haré seguramente mañana… Hay que pedir las órdenes e investigar las finanzas y
los litigios de la víctima… Y hablar con la familia y con alguien que nos
aclare en qué podría estar metido… Vale, voy a decirle a Prats que pida las
órdenes, que él esto lo mueve más rápido que nosotros; las tendrá en el día,
espero, y en cuanto estén, tú te ocupas de ese tema, Sanabria, ¿de acuerdo?
‒Claro.
‒Entretanto, yo me ocupo de la familia y de buscar a
quien nos oriente en el mundo del derecho mercantil y de lo que se cuece por
ahí. Cuando tengamos los resultados preliminares del laboratorio y del forense,
ya nos indicarán por dónde seguir. En cuanto estén las órdenes, os ponéis con
eso; entretanto, podéis ayudar a Rodríguez con el visionado de las cámaras.
‒Perfecto.
‒Pues nada, manos a la obra ‒dijo Rodríguez, levantándose.
Continuará
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